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lunes, 22 de junio de 2009
domingo, 21 de junio de 2009
Antonio Grefa

En medio de la hostilidad de la selva no piensas en escoger un amigo que es parte del problema. La milicia.
Entre una caminata fastidiada, un trabajo pesado encuentras a un sargento primero de 47 años con 23 años en el mismo cuartel del que quieres escapar. Su mirada denuncia tristeza, ha perdido a su hijo, el que pensaba seguir sus pasos. “Una pelea de pandillas en el pueblo lo mató”.
No sabe porqué si era muy tranquilo.
Con toda la ternura de un padre es capaz de ponerse 20 mochilas al hombro si eso te ayuda a seguir, a no rendirte. Entre una conversación y otra te das la vuelta y ves que siempre está ahí, ayudando, dando fuerzas, dando una mano, enseñando como ser solidario en medio de la contrariedad.
La herida es reciente, han pasado solo tres meses y cada vez que lo recuerda se le llenan los ojos de lágrimas, no importa cuantas pruebas de fuerza ha pasado en el ejército, sigue teniendo un corazón que no se avergüenza de llorar, de demostrar debilidad por los que ama, que no tiene pena de sentir a pesar de haber sido entrenado para ser de piedra. Alguien raro de encontrar cuando el lema está en todas partes.
¿Cuál es el lema?
Solo venciéndote, vencerás.
¡Saltar!
Cuando te debates entre el hambre el calor y a la obediencia requerida en un cuartel militar puedes llegar a creer que no hay espacio para la diversión.
No imaginas que una de las tareas en la clase de nudos será lanzarte 60 metros abajo, hacer una silla que soporte tu peso, lo suficientemente apretada como para no caer en plena misión y lo suficientemente holgada a como para no cortar tu circulación con la presión del viento.
Gritas una y otra vez para que los nervios desaparezcan. Te presentas, ofreces tu salto a la patria, a tus amigos, a tu novio. A la cuenta de tres te dejas caer y será una sensación se frescura que no volverás sentir mientras dure el viaje, una sensación que extrañarás mientras estés en la selva húmeda y caliente los siguientes tres días que se tornarán interminables.
Barriga llena corazón contento

Cuando creciste en una selva de cemento, acostumbrado a comer Mc Donalds, a utilizar únicamente baños que huelen bien crees que no soportarás condiciones distintas. Precarias.
Un viaje inesperado y obligatorio puede levantar dos sentimientos distintos, rabia y misterio por no saber que te espera cuando te hablan de la selva, quizá te emocionas pensando e imaginando las cosas que viste en la TV, inmediatamente comparas condiciones y todos los caminos te llevan a la misma respuesta. “No lo voy a lograr”.
Pasa el primer día, la comida de cuartel te parece desagradable. Comes solo que crees que no te hará daño, limpias los tenedores una y otra vez, miras, hueles, haces caras. Juegas con la comida y dejas 80% del plato lleno. Todo Revuelto. Te preguntas ¿qué pasa con la comida en la selva?
Día dos
Te sueltan en la selva, la caminata comienza desde las cuatro de la mañana han pasado doce horas sin que pruebes bocado. Estás enlodada, caliente, hambrienta.
Ahí, empiezas a recordar la comida de casa, la comida del cuartel, darías todo por un pedazo de pan. Minutos después un comando te ofrece un huevo duro, son sal, medio sucio por el lodo que parte de todos los participantes. Te lo comes sin pensar, te ofrecen comida en hojas de palma, gallinazo, carne roja que se ha vuelto negra y dura de tanta cocción. No importa todo está bien.
Después de comer recuerdas que pensaste en no sobrevivir, no probar nada que no se viera como lo que comiste o viviste en la ciudad.
Te haces de nuevota misma pregunta ¿Qué pasa con la comida en la selva? Nada.
Barriga llena = Corazón contento. Sean cuales sean las condiciones.
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